Revitalizar la memoria.
A cincuenta años de la
apertura del Concilio Vaticano II
1. Para mantener viva la memoria. El 11 de octubre de 1962 el mundo testificó un
estallido de luz, de esperanza y de compromiso en el interior de la Iglesia
católica: la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Fue Juan XXIII quien
a finales del año anterior, el 25 de diciembre de 1961 en la solemnidad de la
Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, convocó a Concilio. No está por demás
decir que este anuncio sorprendió a la gran mayoría del Pueblo de Dios. Como el
Buen pastor, Juan XXIII acompañó una parte del caminar del Concilio, pero será
su sucesor, Pablo VI quien tome la estafeta y lleve a buen fin este impulso del
Espíritu.
Aquel suave
soplo del Espíritu, que entró por puertas y ventas abiertas por Juan XXIII,
poco a poco fue tomando una gran fuerza y dinamismo en las distintas sesiones
del Concilio Ecuménico Vaticano II; fue abrazando a los padres capitulares, a
los laicos y laicas invitados, y a los representantes de las grandes
religiones. Se dio paso a la acción del espíritu gracias a la apertura interior
de los asistentes al Concilio, y así encontró tierra bien dispuesta para
dejarse fecundar por este soplo vital, por este nuevo pentecostés. Fueron
tierra fértil, en ellos penetró el agua viva, la renovación “ad intra y ad extra” de la realidad
eclesial se plasmó en los distintos Documentos conciliares.
Gracias al
Concilio Vaticano II la manera de concebir y vivir nuestro ser Iglesia dio un
giro copernicano; ahora la Iglesia es Pueblo de Dios. Esta categoría será fundamental
en la manera de entender la identidad (LG 31), la dignidad (LG 41) y misión del
laico en la comunidad eclesial y en el mundo. La iglesia, comunidad de
bautizados, se siente obligada a intervenir, conforme a su misión, en todas las
actividades humanas: economía (GS 64-72), política (GS 73-76), cultura (GS 55-62),
que se trate del trabajo por la paz (GS 77-79), de la construcción de la
comunidad internacional (GS 83-90), etc.
Posteriormente
Pablo VI lo profundizará en su alocución a los representantes de los institutos
seculares: “La Iglesia es consciente de que está en el mundo, que hace camino
con toda la humanidad y comparte la suerte terrestre del mundo; […] tiene
entonces una auténtica dimensión secular, inherente a su naturaleza y a su
misión íntimas, arraigándose en el
misterio del Verbo encarnado”. Los discípulos de Cristo, desde su
trabajo en las tareas terrestres, se esforzarán en impregnar el mundo con el
Espíritu de Cristo y hacer que este mundo alcance más eficazmente su fin en la
justicia, la caridad y la paz”.
A 50 años de la
apertura del Concilio Vaticano II, es necesario que todo este movimiento
carismático no se detenga. Por tanto: Tenemos que trabajar para que aquel
dinamismo del espíritu no caiga en la pasividad; urge retomar el camino andado,
sin añorar el tramo dejado atrás, hemos puesto las mano en el arado y retornar
no está ya permitido… debemos continuar sembrando la semilla del Reino de Dios
en nuestro mundo, en nuestra Patria, en nuestra historia, en nuestra cultura.
Por tanto, es necesario, desde nuestra dignidad como laicos, seguir atizando el
fuego del espíritu del Vaticano II para que no se extinga; removiendo las
cenizas lograremos que la mecha que aun humea y que el tizón aun encendido abracen
cálida y vitalmente a la Iglesia, al mundo y a la humanidad entera.
2. Para no pasar del “no me acuerdo” al olvido
El ser humano es
animal histórico; es el único capaz de construir historia. La memoria colectiva
de lo acontecido en la vida del grupo es el presupuesto básico para la
articulación de la historia. Esta memoria histórica al ser narrada rescata del
olvido al pasado y le da vida en el momento en que es traído al presente por la
narración histórica. Todo lo que ha sido significativo en la vida de la
comunidad lo guarda en la memoria y todo lo que no fue significativo lo va
olvidando.
El Concilio
Vaticano II ha sido significativo y de suma importancia para la vida de la
iglesia en el mundo. Sin embargo, los Documentos del Vaticano II son poco
conocidos por muchos bautizados y, lo que es peor una gran mayoría los ha
relegado al rincón del olvido. Por tanto, ante la proximidad del 50 aniversario
de apertura del Concilio Vaticano II es necesario que no pase desapercibida
esta conmemoración. Es una nueva oportunidad para revitalizar la vida eclesial
en México y sobre todo para refrescar el compromiso del laico en el mundo.
Es un momento
propicio para volver a la identidad del laico en el mundo a la luz de los Documentos
del Concilio y para reflexionar
adecuadamente sobre los problemas, desafíos y retos que le plantea esta
sociedad postmoderna al laico comprometido. Es un momento de gracia en el que
debemos replantearnos nuestra misión en la sociedad y en la Iglesia desde los
distintos campos de acción social en los que se desenvuelven millones de laicos
comprometidos con su fe.
Juan
Carlos López Sáenz, área académica-IMDOSOC
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