¿Qué es espiritualidad?
Por: Lic. Juan Carlos López Sáenz
Creemos necesario partir de una visión antropológica adecuada antes de
adentrarnos en el tema de lo que es la espiritualidad, el porqué de esta
necesidad lo descubriremos en el desarrollo del inciso “a” de este apartado.
Además, puesto que espiritualidad es el sustantivo abstracto del sustantivo
concreto espíritu, trataremos de clarificar lo que entendemos por espíritu,
ésto lo reflexionaremos en el inciso “b”; así la comprensión adecuada de la
espiritualidad será más fácil, es lo que pretendemos en el inciso “c”.
1. Visión antropológica. Dejemos en claro que para nosotros el hombre no es
un “compuesto de alma y cuerpo”, en donde el cuerpo hace referencia al
principio material y alma se refiere al principio espiritual del ser humano;
ésta es una visión antropológica griega por muchos conocida y aceptada. En esta
visión se da una relación extrínseca entre el cuerpo y el espíritu (alma).
Ambos elementos “no forman” una unidad íntima; podríamos decir que son como
la barca y el barquero: van juntos, juntos trabajan, uno parece impensable sin
el otro, pero en realidad no se pertenecen más que funcionalmente.
En la visión antropológica griega tanto el alma como el cuerpo son dos
sustancias distintas y hasta opuestas, unidas no solo accidental sino hasta
violentamente. El cuerpo es solo un instrumento del alma, el cuerpo es por y
para el alma. El alma obra en el cuerpo y por el cuerpo, al que rige como una
ciudad bien gobernada. El alma conserva cierta independencia del cuerpo.
Podríamos decir, desde esta visión antropológica, que lo más valioso es lo
espiritual, lo que no está apegado a la tierra, a lo caduco, a lo temporal.
Para nosotros el hombre sí es una unidad y totalidad psico-física, un
espíritu encarnado, en la cual no se pueden distinguir, y mucho menos separar,
partes componentes o principios ontológicos diversos, agregados de forma que
integren un todo. Para nosotros el hombre es “una realidad compleja y
pluridimensional, es decir, el hombre es ser vivo (alma, nefes/psyché), es
sujeto mundano, caduco y mortal (carne, basar/sarx), es persona dotada
de una chispa divina vital (espíritu, ruaj/pneuma), es el yo
constitutivamente relacionado con Dios, con los demás y con el mundo
(cuerpo, soma)”.
Partir de una visión antropológica errónea trae consigo consecuencias
negativas en la manera de entender el mundo, al ser humano, a la sociedad, a la
fe, a la religión, a Dios Uno y Trino, a la espiritualidad, etc., etc. Así,
partir de una antropología griega nos haría dividir al hombre en espirituales
(consagrados) y materiales (laicos-seglares); en intelectuales (con grado
académico) y no intelectuales (obreros, campesinos, etc.); a dividir el
trabajo en manual (cuerpo) y trabajo mental (alma-espíritu); etc., etc. Partir
de esta visión antropológica griega para reflexionar sobre la espiritualidad
crearía un gran abismo entre vida espiritual y la vida ordinaria, entre la fe y
el compromiso social que se desprende consecuentemente de la fe. Para evitar
estos problemas y muchos otros, nosotros aquí partimos de la visión
antropológica que nos ofrece la Sagrada Escritura arriba esbozada.
Gracias a que la visión antropológica neoplatónica, durante mucho tiempo
dominante en las aulas y reflexión filosófico-teológica, ha ido cediendo
terreno a una visión antropológica más integral y unitaria se ha logrado
“limpiar” a la espiritualidad de toda crítica negativa y pesimista. Junto con
esta nueva antropología, los últimos estudios interdisciplinares nos muestran
que en la espiritualidad se compaginan armónicamente el intelecto y la
afectividad, la experiencia y la reflexión, la facultad de pensar y de amar. La
espiritualidad tiene mucho de sueño, pero de un sueño cargado de utopía, de
sueño real y transformador de la historia.
2. Espíritu, ¿opuesto a materia? Con todo lo anterior, si partimos de una visión
antropológica griega, obviamente tendríamos que responder de forma afirmativa a
la pregunta que titula este apartado. Así tendríamos que entender espíritu como
lo que se opone a materia, a lo corporal, a todo lo que tiene que ver con
realidades “terrenas”; en este sentido sería espiritual lo que no es
material, lo que no tiene cuerpo. Sin embargo, si continuamos con el aporte
que nos brinda la antropología bíblica diremos que espíritu no se opone a
“materia” ni a “cuerpo” sino a maldad (destrucción), se opone a carne,
a muerte (fragilidad de lo que está destinado a muerte) y se opone a Ley
(la imposición, el castigo, etc.).
En este contexto semántico, “espíritu” significa: a) Viento, fuerza
invisible, misteriosa, poderosa, por lo regular con la noción adicional de
potencia o violencia; b) Aliento (aire en pequeña escala), o espíritu,
la misma fuerza misteriosa vista como la vida y la vitalidad del hombre (y de
las bestias). Puede ser perturbada o activada en un sentido particular, puede
ser dañada o disminuida y reanimarse nuevamente. Es decir, la fuerza dinámica
que constituye al hombre puede reducirse (desaparece con la muerte), o puede
haber una repentina oleada de poder vital; c) Poder divino, donde se usa
el vocablo ruaj para describir ocasiones en que algunos hombres parecieran
haber sido arrebatados o sacados fuera de sí, en cuyo caso ya no se trata de
una mera oleada de vitalidad, sino de una fuerza sobrenatural que se hace cargo
de la situación. Así fue particularmente con los primitivos líderes
carismáticos, y los primeros profetas: era el mismo ruaj divino el que inducía
los éxtasis y los discursos proféticos.
Los significados arriba mencionados no se deben tratar como si fueran un
conjunto de sentidos diferentes; más bien estamos ante un conjunto de
significados en el que los diferentes sentidos se superponen parcialmente unos
a otros. Por tanto, espíritu no es algo que esté fuera de la materia, fuera del
cuerpo o fuera de la realidad, sino algo que está dentro, que habita en la
materia, en la corporalidad, en la realidad y les da vida, les hace ser lo que
son; les llena de fuerza, los mueve, los impulsa; los lanza al crecimiento y a
la creatividad en un ímpetu de libertad.
3. Noción de Espiritualidad. La espiritualidad
tiene que ver siempre con espíritu, así pues, entendemos por espiritualidad:
“vivir con espíritu”, es decir, nuestra vida toda movida por el espíritu.
Podemos decir, además, que espiritualidad es esa fuerza interna que
redimensiona toda nuestra existencia, es ese aliento que impulsa al ser humano
a crear vida, es el dinamismo que lanza a la persona hacia fuera de sí, hacia
la realidad, es el aliento que irrumpe desde lo más profundo de su ser y se
convierte en ráfaga fuerte y violenta. Por ser una dimensión del ser humano, la
espiritualidad no se desarrolla al margen de la corporalidad de éste sino en la
ella misma.
De esta manera “entendemos por espiritualidad de una persona su carácter o
forma de ser espiritual, como el hecho de estar adornada de ese carácter, como
el hecho de vivir o de acontecer con espíritu, sea el que sea”. Además, podemos
decir que espiritualidad “es todo aquel conjunto de convicciones profundas, de
visiones globales y de pasiones arraigas que movilizan a las personas para que
generen cambios estructurales; al mismo tiempo sustenta la esperanza frente a
los fracasos históricos y a toda clase de dificultades”. Por lo que podemos
decir que espiritualidad no es pasividad, resignación o indiferencia ante la
situación tanto económica, política, social y religiosa que se está
viviendo, por el contrario es dinamismo, es construcción, es transformación.
Tendemos a pensar el espíritu y la espiritualidad sólo en términos
positivos, como si sólo merecieran esos nombres el espíritu y la espiritualidad
buenos; pero no, espíritus y espiritualidades los hay muy diversos y hasta
contradictorios: espíritus buenos y espíritus no tan buenos, hay personas de
una espiritualidad mejor y personas de una espiritualidad peor. Una persona
ambiciosa, explotadora e injusta tiene mucha “espiritualidad”, pero de una
“espiritualidad” de egoísmo, de ambición, de idolatría: la mueve un mal
espíritu.
Podemos decir que la espiritualidad es patrimonio de todos los seres
humanos y no únicamente de aquellos que son profesionales en alguna “religión
convencional”, ya que el espíritu es la dimensión de más profunda calidad que
el ser humano tiene, sin la cual no sería persona humana. Esta espiritualidad,
propia de todo hombre, es profundamente humana, en muchas ocasiones religiosa e
incluso a veces atea. Ante la capacidad ineludible de optar fundamentalmente
por aquello que dará sentido a toda su existencia, ha de poner en el centro de
su vida cuál es su punto absoluto, cuál es su Dios o su dios.
Toda espiritualidad se caracteriza por varios rasgos esenciales, entre
ellos tenemos:
a) Toda espiritualidad es parcial, en el sentido de que tiene su
propio punto de partida o inspiración, sus propios enfoques y su propia praxis.
Pero es total, porque desde sus perspectivas propias abarca la totalidad:
relación con Dios, con las cosas, con los demás, con uno mismo.; la
contemplación, la acción y la pasión; la vida presente y futura.
b) Toda espiritualidad es un proceso. Por lo tanto, se ha de llevar
adelante con esfuerzo y paciencia. No es algo terminado. Es un caminar. Hay
etapas, tanteos, errores, consolidaciones.
c) Toda espiritualidad consolidada unifica la vida, le da un sentido y
la pone en movimiento. Sin espiritualidad (laica o religiosa), la vida se
vuelve rutina y carece de chispa. Con ella, en cambio, el caminar de la
existencia realmente vale la pena.
Entendida así la
espiritualidad, desaparecen las críticas negativas que a lo largo de la
historia se le han hecho tanto a la espiritualidad como a los hombres y mujeres
espirituales. En distintas épocas de la historia de la humanidad la
espiritualidad ha sido calificada de una manera negativa: como
antiintelectualista y puramente emocional; como una dimensión del hombre que se
mueve casi siempre fuera de la órbita de la razón y, algo sumamente grave, que
está desconectada de todo el devenir histórico. Además, sobre los hombros de
los místicos pesa una acusación casi semejante: huyen de la realidad como de la
hoguera y se refugian en la soledad y aislamiento de la contemplación por miedo
a mancharse las manos.

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